Si se menciona el ‘Botox’ de inmediato pensamos en su uso con fines estéticos para corregir las arrugas de la piel. Este es su uso más conocido, pero actualmente hasta en el 98% de los casos, la toxina botulínica tipo A, que se comercializa como ‘Botox’, se utiliza con fines terapéuticos, para ayudar a la gente a combatir diferentes enfermedades.

Con más de 20 años de implantación se ha llegado a conocer decenas de aplicaciones para ayudar a mejorar el nivel de vida de muchas personas. Empezamos con el efecto reductor e incluso eliminador de las contracciones involuntarias que provocan la incontinencia. De hecho, uno de los usos terapéuticos más extendidos del ‘Botox’ es precisamente una de las enfermedades urológicas más prevalentes, la incontinencia urinaria por vejiga hiperactiva, que en España afecta a 6,5 millones de españoles, a una de cada cinco mujeres y a la mitad de las personas de más de 65 años. Este fármaco mejora la capacidad vesical, disminuye la presión excesiva dentro de la vejiga y reduce e incluso hace desaparecer las contracciones involuntarias que provocan la incontinencia.

Otro de los usos del ‘Botox’ es su utilidad para combatir la migraña crónica, que afecta al 2% de la población. En estos casos, Sanidad autoriza su uso preventivo después de que los ensayos clínicos hayan demostrado que puede reducir a la mitad el número de días con migraña en un 70% de los pacientes. Además también reduce las horas de dolor al día y permite el uso de medicamentos más suaves para combatir las crisis. Aunque no cura la enfermedad, el tratamiento es bien recibido por estos pacientes ya que la enfermedad destruye la calidad de vida de quien la padece.

Siguiendo con las aplicaciones del Botox este también puede usarse en pacientes con parálisis cerebral. También se usa en la mayoría de hospitales españoles para el tratamiento de la espasticidad que padecen las personas que han padecido un ictus o tienen parálisis cerebral, incluso en niños. Actualmente forma parte de cualquier proceso rehabilitador, ya que reduce el dolor y los espasmos musculares, al tiempo que mejora la función motora. En el caso de los niños con parálisis cerebral, además, su recomienda su uso precoz, a los dos años, ya que así se puede retrasar e incluso evitar la cirugía ortopédica y se reduce el riesgo de que afecte a su desarrollo.